Entrevista – Abrir horizontes

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Héctor y Pablo Grunewald. Los une el apellido, los une la sangre, los une el amor por el atletismo. Y los une, sobre todo, un momento que los marcó eternamente.

¿Cómo está? Tanto tiempo sin vernos… “Bien, bien, un poco cansado hoy. Es que recién llego de Mar del Plata porque ayer corrí los 42 kilómetros allá y la recuperación a esta altura cuesta un poco”, contesta. El que responde es Héctor Grunewald, 77 años, albañil todavía en actividad y atleta para siempre. Habla sereno y bajo, tiene una energía envidiable y cada vez que mira a su hijo se le iluminan los ojos.

Su hijo es Pablo, que anda por los 47 años y ha representado a la República Argentina en seis Mundiales para Deportistas Trasplantados. Ganó medallas, obtuvo reconocimientos, fue puesto de ejemplo y homenajeado. El toma todo con tranquilidad, bien lejos de los aires heroicos y de la notoriedad. Quienes lo conocen saben que es un tipo bueno y sencillo. Quienes no lo conocen tal vez puedan empezar a hacerlo al leer estas líneas.

Es lunes a la tarde y estamos sentados en la casa familiar de Olavarría, dispuestos a charlar un largo rato para la entrevista de ADETRA. Pablo tiene seis Mundiales en su haber y piensa en el séptimo, dentro de poco, en Australia. Héctor tiene más de mil carreras encima. Pero no es una manera de decir o una exageración periodística: Héctor tiene más de mil carreras encima, las ha contado, las recuerda y se apasiona.

Los une el apellido, los une la sangre, los une el amor por el atletismo. Y los une, sobre todo, un momento que los marcó eternamente. El 16 de marzo de 2001, con el país en plena ebullición social, Héctor donó un riñón para que Pablo recibiera el trasplante que le abriría una nueva vida. El padre tenía entonces 56 y el hijo 26. La operación le ponía fin a una espera y un proceso que habían comenzado con las primeras malas señales renales unos quince años antes.

Era un chico todavía que jugaba con muchas ganas, y que poco y nada tenía de conciencia sobre el problema de salud con el que le tocaría luchar largos años. Solo sabía que la sal estaba prohibida o casi para él. Pero se crió de una manera absolutamente normal y llegó a ser gran promesa del fútbol de Olavarría.

Desde el año 87 la familia supo que la salida sería un trasplante, pero en un momento incierto, que ninguno sabía cuándo llegaría. El proceso es duro para todo el entorno, remarcan a cada rato los dos. No solo para Pablo. No solo para Héctor. Duro para todos.

“Yo tomé el problema de Pablo como un problema mío”, dice el padre. En el año 2000, cuando la salud de su hijo ya se había deteriorado en forma evidente, recibió el llamado para iniciar los estudios médicos.

“Tanto yo como mi esposa éramos compatibles. Pero me eligieron a mi por la edad. Yo tenía 56 y Elisa 45. Entonces nos dijeron que lo mejor era que yo donara primero, porque si algo fallaba quedaba la madre, más joven, para un segundo intento”, recuerda. Más de veinte años pasaron y ese segundo intento nunca fue necesario. “Me siento bien, siempre me sentí bien. Mis valores están estabilizados, controlados, eso es lo que surge en cada análisis”, cuenta Pablo con mucha naturalidad.

La operación se concretó en el San Martín de La Plata. Los Grunewald no contaban con obra social y la intervención se realizó en el marco de un programa provincial destinado a personas sin cobertura.

Las mayores penurias fueron económicas y no de salud. Héctor trabajaba por su cuenta en labores de albañilería, gas y electricidad. Instalarse algún tiempo lejos de casa le impedía llevar el pan a casa, donde el resto de la familia esperaba. “Eso fue terrible”, se acuerda.

Cinco o seis días después del trasplante, Pablo salió del Hospital a caminar. “No me lo olvido más, fui hasta el Bosque de La Plata”, miraba todo, tomaba aire puro y sentía que volvía a vivir. La recuperación de Héctor fue casi inmediata. Solo habían pasado 45 días del trasplante que corrió la Vuelta al Municipio, la clásica competencia de Olavarría que jamás se pierde.

Don Grunewald nació en Coronel Suárez pero en febrero de 1970 llegó a Olavarría para trabajar por una semana y se quedó para toda la vida. Su amor por el atletismo nació a los 13 años, cuando en su casa y a través de una vieja radio a transistores escuchó la transmisión de la San Silvestre en Brasil. Corría el inolvidable Osvaldo Suárez, que rápidamente se transformó en su ídolo. “No sé, escuché ese día y es como que me quedó en la cabeza, me atrapó para siempre”. Lleva 35 años de carrera y no piensa en ponerle fin.

El fútbol era la gran pasión de Pablo, pero cuando tenía 10 años Héctor lo llevó a él y a sus hermanos a una carrera que organizaba la agrupación El Abrojo en el barrio Hipólito Yrigoyen. “No les dije nada que iban a correr, solo los llevé. Cuando llegamos, los anoté y largaron los tres. Se ahogaron al poco tiempo de salir porque no sabían y salieron a fondo”, se ríe.

Aquel nene al que lo traicionó la ansiedad ese día del debut, hoy tiene seis Mundiales para Deportistas Trasplantados encima. El primero, que todavía recuerda en detalle, fue en Nancy, Francia. Luego vivió las experiencias de Canadá, Tailandia, Sudáfrica, Mar del Plata y el último en Inglaterra 2019. Hoy pone la mirada en la próxima cita mundial: será a mediados de año en Australia. “El objetivo es el de siempre: ir a representar al país. Ojalá se me pueda dar”.

Pablo es enfermero universitario y eso también tiene una explicación ligada a la enfermedad. Antes del trasplante pasó un año y nueve meses por diálisis. “Es raro de explicar pero fue lo mejor que me pasó en la vida, y lo más duro al mismo tiempo”. Por un lado, sentía que su organismo empezó a desintoxicarse. Por otro, que su cuerpo por momentos “no daba más”.

Allí conoció y vio en acción a las enfermeras que le contagiaron la vocación. Tanto se entusiasmó que inició la carrera mientras seguía como paciente en diálisis. “Pero la verdad es que no podía hacer nada, ni siquiera concentrarme. Me tuvieron muchísimo aguante y comprensión. Lo mío no era vida. No podía prácticamente caminar una cuadra”. Hasta que llegó el trasplante y todo cambió de un momento a otro.

Su carrera deportiva es notable. Sus especialidades son las distancias 400, 800 y 1.500 metros. En eso sí se diferencia de su padre, amante de las carreras de largo aliento. “A mi dame la pista que me encanta”, dice Pablo. Sus entrenamientos cuentan con la orientación de Simón Guido y se desarrollan con una frecuencia de 3 ó 4 veces semanales.

Disfruta de su trabajo, disfruta del atletismo y disfruta de su familia: su compañera María Eugenia, de 37 años, y sus hijos Justina de 10 y Joaquín de 8.

Todavía se acuerda de memoria el día que fue a un control. Hacía pocos meses del trasplante. En la sala de espera se encontró con otro paciente. “Y en esos lugares uno ni siquiera le pregunta el nombre o a qué se dedica el otro. Las preguntas automáticas son de qué se trasplantó y cuánto lleva”, revela con una sonrisa. Llevo ocho años le contestó. Y a Pablo ese número le abrió un horizonte enorme. Hoy lo incomoda hablar de sus logros, de su carrera. Pero lo hace con amabilidad. Siente que al contar puede estar devolviendo lo que sintió en aquel consultorio. Siente que puede estar abriendo horizontes.

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