Pacientes trasplantados entrenándose


Comienzo a pensar este tema hace alrededor de un año, cuando conozco a un grupo de personas trasplantadas que se entrenan para intervenir en competencias deportivas. Múltiples situaciones fueron, para mí, disparadoras de interrogantes, cuestionamientos, y ahora ofrezco, para ustedes y para mí, un primer intento de comprensión.

Hasta aquí mi experiencia de 13 años con pacientes dializados y trasplantados me había mostrado situaciones de infortunio más o menos total, con un despliegue variado de síntomas atravesados por sufrimiento y angustia difíciles de paliar.

En cambio, este grupo de personas que están entrenándose ahora, en su mayoría hombres entre 19 y 60 años, con un trasplante de corazón o de hígado o de pulmón, los más, con trasplante renal, fueron conociéndose en el hospital, en la clínica, durante las internaciones, vinculados por los médicos y los kinesiólogos que los atienden. Recibieron, finalmente, apoyo financiero de un laboratorio.

Se hace camino al andar, dice el poeta. Y ellos, caminando, corriendo, ejercitándose, se entrenan para vivir en condiciones diferentes a las aprendidas y conocidas hasta ahora. Y esto produce en mí el efecto de una pregunta: ¿Me alcanza lo aprendido hasta aquí —la psicopatología— para entender la experiencia de estas personas? Me respondo que no. Es más: si miramos esta situación sólo desde la psicopatología, la empobrecemos y la desvirtuamos.

Personalmente no adhiero a la expresión «el trasplante salva la vida». Creo que el trasplante es un intento para prolongar la vida de una persona, y que sólo esa persona, con lo que hace y lo que no hace, podrá darle un sentido y un valor.

A este grupo de personas les interesa competir, estar en la competencia por la vida, sentirse competentes en la vida. El deporte es un ámbito que encontraron adecuado, porque les permite experiencia ese cuerpo, de algún modo nuevo. El entrenamiento deportivo exige concentración, disciplina, tensión, relajación, cuidado. El cuerpo sometido al esfuerzo para vivirlo intensamente, en su plenitud, y entrenarlo en este proceso de apropiación.

En condiciones habituales el cuerpo es transparente al sujeto que lo habita. Se desliza con fluidez de una tarea u otra, adopta los gestos socialmente admitidos, se hace permeable a los datos del medio. Es la evidencia olvidada.

Pero ante situaciones límite, ante la posibilidad de la muerte por una insuficiencia orgánica, se instaura como una especie de existencia dual. La lucha por la supervivencia se renueva cada día, implica en primer término una lucha contra el cuerpo. El misterio que, virtualmente, contiene el espesor del propio cuerpo, está atravesado, después de un trasplante, por el extrañamiento de poseer un órgano de un desconocido, muerto.

Ese órgano, un corazón, por ejemplo, necesita ser investido, para que deje de ser «un órgano» y se transforme en «mi corazón». En este proceso en el que se despliegan las pulsiones primarias, es necesario establecer ligaduras psíquicas, representación, para sentirlo «carne de mi carne», para apropiarse de él. Así, la sensibilidad propioceptiva, interceptiva y exteroceptiva que se pone en juego en el andar, correr, nadar, saltar, etcétera, les permite sentir la vivacidad de su relación consigo mismos y reestructurar su identidad.

Los conceptos que organizan mi comprensión son:

Agenciamiento de la vida (Guattari): El agenciamiento subjetivo se dibuja como en una cartografía donde hay voluntad de innovar, de evolucionar. El inconciente sólo permanece aferrado a fijaciones arcaicas en la medida en que ningún proyecto tire de él hacia el futuro. El agenciamiento de la vida se produce cuando quitamos las raíces de la subjetividad en el pasado individual y colectivo y la abrimos a un campo de virtualidades futuras y constructivistas. Hay entonces creación de sentido, porque el sentido no está dado, proviene del desajuste entre la palabra y la vida. Las cosas, los hechos, no están dotados de sentido. El sentido es siempre para alguien y es el modo que determinado hecho tiene para un agente.

Agente: Según el estudio de los roles semánticos, es el que inicia una acción de forma responsable o conciente. Fillmore prefiere —y yo también— usar la palabra «animado» en vez de «responsable».

«Paciente» es quien se pone en manos del médico, toma la medicación y espera que el tratamiento haga efecto.

«Agente» es quien participa activamente en el proceso de cura y se inscribe, ante el sufrimiento, en una actitud esperanzadora. Animado por una voluntad de posibilidad, el paciente desaparece y se convierte en actor, vuelve a encontrar el gusto por la vida.

Proyecto de vida (Casullo): Se conceptualiza en base a dos dimensiones: tiempo y espacio, tanto personales como socio históricas. En función de esto, pensar en el tema «proyecto de vida» no puede hacerse sobre la base de las denominadas «perspectivas monoparadigmáticas»: es necesario un entrecruzamiento de perspectivas que posibilite la comprensión y resolución de problemáticas complejas. Un proyecto de vida da cuenta de la posibilidad de «anticipar una situación», generalmente planteada en términos de «yo quisiera ser…» o bien «yo quisiera hacer». Por lo tanto, requiere la elaboración de una identidad profesional, ocupacional.

Para Erikson este concepto debe entenderse en las dimensiones psicológica y social, la identidad se logra a partir de una unificación de componentes dados: el temperamento, el talento.

Opciones ofrecidas: la disponibilidad de roles, los ideales como modelos identificatorios, amistades, redes de apoyo afectivo.

También dice Erikson que hay períodos históricos que se vacían de identidad, a causa de lo que llama «formas básicas de aprensión humanas».Son:

_ Miedos suscitados por hechos nuevos;

_ Ansiedad que generan ciertos cambios simbólicos (por ejemplo, la declinación de determinadas ideologías);

_ El terror a un abismo existencial carente de significación espiritual.

Podemos pensar que el momento histórico, a nivel individual, en que el paciente se vacía de identidad es, por ejemplo, cuando ingresa a hemodiálisis crónica y también cuando es trasplantado. Hay un movimiento de reestructuración interno que da como resultado la identidad «yo soy un renal», y «yo soy un trasplantado». Esta crisis, que significa otra opción de vida, es interesante pensarla como una oportunidad para liberarse de lo establecido, y ante lo inevitable, transformarla en vital. Fernández Mouján propone un movimiento activo ante la captación de la realidad, una aproximación a la realidad vivencial a través de la imaginación creativa.

La elaboración de un proyecto de vida también es parte del proceso de maduración afectiva e intelectual, y como tal, supone «aprender a crecer». Así como E. Fromm habla de un «arte de amar», Casullo propone hablar de un «arte de crecer».

La esperanza: Tema no tratado generalmente en el ámbito académico, es traído por los pacientes, los familiares, en fin, por la gente. E. Bloch la define como «laboratorium possibilis salutis», es decir, la esperanza es como el laboratorio de la posibilidad de salud.

Y la esperanza de este grupo de personas es ganar. Organizan competencias de natación, tenis de mesa, atletismo. Sabemos que los juegos que tienen mayor importancia para nosotros, los occidentales, son los del mundo griego antiguo. Los Juegos Olímpicos, que tenían la doble manifestación religiosa y deportiva, sufren en su evolución cronológica y deportiva una acusada progresión. El inicial espíritu localista se transformó en una contienda panhelénica, después del año 884 a .C., cuando los pueblos firman la Tregua. La Tregua, con mayúscula, es descripta por C. Durántez Corral, representante español de la Academia Olímpica Internacional, como el acuerdo por el cual se declara a Olimpia territorio sagrado e inviolable, y el compromiso de realizar la fiesta deportiva cada cuatro años, manteniendo las grandes ceremonias y ritos. La Tregua Sagrada , firmada por tres países, significaba que en el mes sagrado debía cesar todo tipo de actividades bélicas, el territorio de Olimpia era sagrado y se prohibía la circulación de individuos armados, una atmósfera de paz se respiraba en todo el suelo griego.

Esta atmósfera, esta ética y esta estética es retomada por este grupo de personas trasplantadas, que se definen a sí mismos como «deportistas trasplantados». Inician una socialidad distinta a la conocida previamente, lealtades y códigos compartidos y silenciados para vivir esta Tregua, que, como la originaria, los invita a dejar disputas menores ante la única tarea que vale la pena: vivir.

Ante la paradoja a que estamos sometidos todos los seres humanos —nacemos para morir—, la singularidad de cada uno de estos deportistas trasplantados les permite jugar el juego, no eligieron ser espectadores. La etimología de la palabra «teoría» es muy clara, significa «ser espectador». Si uno iba a los Juegos Olímpicos, podía hacerlo como participante o como teórico. Quien iba como teórico, se sentaba en las gradas a observar lo que pasaba en el campo de juego (esto es lo que estoy haciendo yo en este momento). Quien era participante, entraba al campo de juego. Y estas personas decidieron jugar «el tiempo suplementario», como dicen algunos.

Y el triunfo es lo que les está sucediendo. Un cuerpo que se pone a prueba, se exige, se cuida, se cansa hasta el agotamiento para luego volver a estar en marcha. Este cuerpo es el sueño de un individuo singular, de acuerdo con su historia y su proyecto personal, pero también, y en primer término, el sueño de una comunidad humana en un determinado momento de su historia.

Bibliografía consultada
M. Casullo, Proyecto de vida y decisión vocacional, Buenos Aires, Paidós, 1994.
F. Guattari, Las tres ecologías, España, Pre-textos, 1990.
F. Fernández Mouján, La creación como cura, Buenos Aires, Paidós, 1994.
C. Fillmore, «The case for case», en: Universals in linguistic theory, Nueva York, Holt, Richart y Winston, 1968.
C. Durántez Corral, Los Juegos Olímpicos antiguos, Madrid, Artes Gráficas Ibarra, 1965.

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