Practicar deportes siempre fue para ella una actividad que la llenó de satisfacciones. Desde niña descubrió que su futuro la esperaba calzada en zapatillas y por eso nunca dudó en seguir su vocación como profesora de Educación Física.

Incluso ahora, cuando los peores momentos de su vida quedaron atrás, Rosana Mateos (42) confiesa que hacer actividad física, pensar siempre en positivo y mantenerse focalizada a salir adelante por los que ama, fueron las tres claves que le permitieron seguir contando su historia.

Al hacer un repaso por los años más difíciles que debió enfrentar junto a su familia, Rosana reemplaza la palabra dolor por «esperanza».

Con el dinamismo que la caracteriza, termina su rutina de ejercicios aeróbicos y musculación en el gimnasio ATP (Godoy Cruz) donde todos los días entrena. Consciente de que muchos mendocinos la conocen por las hazañas logradas al ganar medallas, estatuillas y menciones de honor en olimpíadas y mundiales, confiesa que su intención es crear conciencia sobre la importancia de donar los órganos.

Su objetivo está sostenido, nada menos que desde la experiencia personal. A los 28 años, los médicos le diagnosticaron leucemia crónica. Para ese entonces (1997) Rosana vivía una de sus mejores etapas. Casada y con una beba de once meses, sentía que no había metas imposibles de cumplir.

Daba clases de gimnasia en una colonia de verano, entrenaba y al mismo tiempo construía su familia. Sin embargo, de un día al otro un análisis de sangre confirmó algo que nunca se hubiese imaginado. Un poco de fatiga y un dolor persistente en el bazo fueron las señales que motivaron la consulta.

«El médico me dijo que tenía leucemia crónica, tenía los glóbulos blancos por las nubes. Me explicó la necesidad de ser constante en el tratamiento y conocer la enfermedad para poder combatirla. Pero así y todo no me daban más de cuatro años de vida», recuerda. El pasar del tiempo no parece borrar de su memoria ese instante en el que debió informar a su familia sobre su estado de salud.

Cuenta que sentía enojo y se negaba a pensar que estaba enferma, pero al mismo tiempo en su interior sabía que la esperaba un gran desafío. Tras varios meses de afrontar un tratamiento de quimioterapia, la esperanza más concreta para su cura era un trasplante de médula ósea. Pero para eso, primero tenía que conseguir 80 mil dólares y lo principal, un donante compatible.

Se sumaron aportes de centros de jubilados, ligas, federaciones y asociaciones deportivas que la conocían en su departamento natal, San Rafael. Todos incluyeron su colaboración a la colecta e incluso el Gobierno provincial costeó parte de los gastos que implicaba la intervención.

Luego de varios análisis, los especialistas detectaron que su hermano mayor, Jorge, era la persona adecuada para donarle células sanas. Como en una carrera contra el tiempo, el trasplante de médula se concretó en el ex hospital Antártida Argentina, ubicado en el barrio de Caballito (Buenos Aires).

De allí en más, la recuperación fue dolorosa y difícil. Su estado era tan delicado que sólo recuerda que «estaba como en una burbuja, con cuidados extremos». Al hablar de las dificultades de esos momentos, reconoce que hay situaciones e imágenes que ha preferido bloquear en su mente.

Es que si hay algo que ella asegura le ayudó a ganar la batalla, fue el hecho de siempre suponer que iba a estar bien. No niega que por momentos se sentía rendida, pero la sola imagen de Priscila y su esposo le devolvían las fuerzas. «Lo más importante para mí era estar con ellos», reflexiona.

Cinco años después, fue la confirmación del alta médica definitiva lo que le volvió a dar la razón. Hace ya varios años que Rosana no toma remedios. «Sólo un poco de vino», dice entre risas a modo de chiste y al segundo lo descarta, ya que su compromiso con el deporte se basa en la constancia y la disciplina.

De hecho, se levanta todos los días a las siete de la mañana para cumplir con el entrenamiento junto a Priscila, que es jugadora de jockey. Eso se nota en su resistencia, pero también en el buen humor con que afronta cada jornada.

De medallas y trofeos

Ni bien volvió a Mendoza, Rosana recibió la propuesta para participar de un mundial de esquí en Estados Unidos, pero el problema era que el esquí era lo único que no había logrado aprender. No fue así con otros deportes bien conocidos por ella, como natación, voley, atletismo, beach voley y hasta tenis de mesa. Tanto esfuerzo le ha valido para representar a Argentina en casi todas las competencias mundiales donde participan personas trasplantadas.

En el ?98 trajo una medalla de oro luego de ganar una prueba de 50 metros (natación) en los Segundos Juegos Argentinos de Trasplantados. Luego compitió en los Juegos Mundiales en Hungría (de donde volvió con dos medallas de oro y dos de bronce). En 2001 se fue a Japón; en 2003, a Francia y los años posteriores estuvo en Canadá, Tailandia y Australia, donde también marcó presencia. Este año, su destino sería Suecia en el caso de conseguir sponsors.

FUENTE:  http://www.losandes.com.ar/notas/2011/1/22/curo-leucemia-ahora-exponente-deporte-546312.asp

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